El Madrid se hace fuerte en el dolor
“Oí sus últimas palabras [...] El crepúsculo las estaba repitiendo en un persistente susurro a nuestro alrededor [...] ¡El horror! ¡El horror!”. El espíritu de Joseph Conrad se paseaba anoche en el Bernabéu como un humo negro y denso. Se habían jugado 84 minutos del Real Madrid-Getafe y el partido permanecía enquistado en un empate que no servía a nadie. El equipo merengue estaba hundido en una sucesión de pases subordinados sin ningún significado ni eficacia de cara al gol. Pero el Getafe prefirió ser práctico y en tres toques puso el 1-2 en el marcador. Albín abrió la herida todavía más. En ese momento, el dolor del fracaso fluyó en una hemorragia de espectadores que huyeron ante la posibilidad de decir adiós a la Liga a falta de seis jornadas. El Madrid volvía a navegar entre tinieblas hacia otro año perdido.
Pero siempre hay un ancla a la que aferrarse, un clavo ardiente al que sujetarse, un ídolo al que postrarse, un tópico al que acudir para intentar no explicar lo que es imposible de comprender. Fue él: Guti remó ante la incredulidad y batió a Stojkovic con un tiro libre que se coló como un fueraborda en la portería del Getafe. Era el minuto 86: la esperanza volvía a generar sístole y diástole en el corazón blanco. Entonces llegó Kurtz para poseer a Pepe.
Casquero entró en el área del Madrid con ademanes de asesino. Sin embargo, segundos después de pisar el reino de taifas de Casillas, el jugador manchego yacía en el suelo como verdugo convertido en víctima. Allí estaba Pepe, el horror, como protagonista de la peor agresión que recuerda el Bernabéu en muchos años, quizá en toda su historia. El central portugués, cargado de la tensión de un equipo frenético que sigue el ritmo de un Barcelona celestial, vio como la Liga se iba y empujó a su adversario. Con el medio del Getafe en el suelo comprendió que había cometido el penalti que excluía al Madrid del campeonato: ¡el horror! La ira se apropió de él y el corazón de las tinieblas comenzó a latir en su interior. Dos patadas criminales, un pisotón y un puñetazo después, Pepe se había convertido en el Kurtz del Madrid. Pero el personaje de Conrad no era el único invitado al coliseo blanco: un jugador checo de los años setenta también tenía su lugar en el paroxismo del Real Madrid-Getafe.
Panenka estaba en el corazón de Casquero, pero no en sus botas. Y el jugador del Getafe se convirtió de nuevo en la víctima con piel de verdugo. Falló. Tiró un penalti infame que Casillas acogió incluso después de rectificar su estirada. Probablemente el Bernabeú tampoco haya visto en su larga historia una pena máxima ejecutada de una manera tan inocente.
Pero con el horror de la vergüenza, el Madrid llegó muy lejos en el dolor. Higuaín, el chico que odia los lunes, colocó en la escuadra un gol decisivo, como todos los que mete en los últimos tres años. 3-2, sí, 3-2, porque, como susurraba el poseído Juanito, “noventa minuti en el Bernabéu son molto longo”.
Por Rubén Vinagre para elmiedoescenico.com
Foto: marca.com









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